Son las cuatro franjas de distancia que usa el reporte: encima, a menos de 100 kilómetros; fuerte, de 100 a 300; se nota, de 300 a 500; de fondo, de 500 a 800. Más allá de 800, la línea no cuenta. Cada ciudad de cada ficha aparece en su franja con sus kilómetros exactos.
No son cortes decorativos: siguen la curva con la que el peso de una línea baja al alejarse. La atenuación que aplicamos es (1 − km/800) elevado a 1,3, así que a 100 kilómetros la línea conserva el 84 % de su fuerza, a 300 el 54 %, a 500 el 28 % y a 700 el 7 %. «De fondo» significa literalmente eso: un fondo que colorea sin mandar.
La franja también cambia lo que conviene esperar. Encima, una línea de Venus se siente en la primera semana; de fondo, solo se distingue mirando años. Por eso cuando alguien dice «viví en mi línea de Júpiter y no noté nada», lo primero que miramos es la franja: muchas veces era de fondo.
Los 800 kilómetros de tope son una decisión, no una ley: es donde la curva ya vale tan poco que incluirla solo añadiría ruido al ranking. Es más ancho que los «unos 1.000 kilómetros a ojo» de la tradición porque está medido, no estimado.
En el ranking, las cuatro franjas actúan a la vez: cada línea a menos de 800 kilómetros suma a su área con su peso multiplicado por la atenuación. Una ciudad con una línea encima y dos de fondo suele puntuar más que otra con una sola fuerte, y el reporte enseña por qué en su página «De dónde sale cada puntaje».
Y una consecuencia útil: cuando tu mejor ciudad se sale del presupuesto, la franja te dice hasta dónde puedes alejarte sin perder la línea. Dentro de los 100 kilómetros sigue encima; a 250 sigue siendo fuerte. El reporte lista todas las ciudades de la base en cada franja para eso.
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